Amor masoquista

Ismael corrió detrás de su novia e intentó frenarla en el momento en que ésta entraba a su casa. Betina paró la marcha, cerró los puños y lo golpeó debajo de la mandíbula.
Noqueó a su novio en el primer round.
Ismael observó un trozo de su lengua en la alfombra de bienvenida: “Sweet Home”. Un fragmento de su cuerpo estaba ahí, su lengua parecía una lombriz. Había una sensación de movimiento en ese pedazo de carne inerte.

– ¡Hija de puta! – gritó –. Ella miró con tranquilidad, apenas bostezó. Juntó saliva que dejó caer sobre aquel pedazo de lengua que alguna vez le había robado algún orgasmo. Levantó el pie izquierdo y pisoteó la lengua de Ismael. Todo un acto de humillación.

– ¿Y ahora? – dijo cruzada de brazos–.

Ismael calló entre lágrimas de bronca y dolor; Betina, sin embrago, gozó el sufrimiento de Ismael. Dedicó su tiempo a contemplar la sangre que corría debajo del labio.

– ¿Qué vas a hacer? – insistió.

Ismael prendió un cigarro y le tiró el humo en la cara, una vez, dos veces, tres veces. Dejó la ceniza al rojo vivo…
– ¡Esto voy a hacer! – dijo–. Giró su muñeca con la misma maestría que un mecánico utiliza una llave alem, pero Ismael no tenía llaves ni era mecánico. Le incrustó el cigarro ardiente con toda la paciencia del mundo. Betina saltó como si fuese la ganadora de un bingo barato.
Se arrodilló entre gemidos e insultos, largó algún maleficio hacia su madre y ocultó el dolor con ambas manos.

– ¿Y ahora? – dijo él, con aire triunfador –: ¿Qué vas a hacer?

Betina caminó cinco pasos, tomó la cola de Mizzi – su gato – que jugaba con una pelusa insignificante. Apretó con rabia y revoleó a Mizzi hacia la cara de su novio.
Ismael estaba de perfil, con el pie apoyado en la pared improvisaba un injerto casero que terminó con el golpe seco de Mizzi en plena cara. Del susto tragó el fragmento de su lengua. Cayó al piso, pegó tres vueltas con el gato clavado en el rostro. La acción duró menos de un minuto hasta que Ismael logró sacarse a Mizzi de encima. Lo agarró del pellejo, abrió la puerta y le pegó con la zurda. Dos chicos que jugaban en la calle gritaron: “Mirá, el gato volador – cantaron –: “El gato voladoooor”.

Ismael terminó con la cara rebanada y decorada con surcos de sangre, la remera blanca se tiñó de rosa. Caminó hasta quedar frente-a-frente con Betina, le dijo: “Te quiero”.

–¿Dónde está Mizzi?– preguntó ella.
–Él está bien, ahora tiene seis vidas –dijo–. Y vos, preguntó Betina.
Ismael contestó: Yo…, yo tengo una, una sola para estar con vos.

– ¿Tenés un purgante? – dijo él.
– ¿Para?
– Para recuperar mi lengua.

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